Irlanda – Galway, Acantilados de Moher y Dublín (Visita Express en 3 días) – Octubre 2016.

Después de un verano intenso y ya completamente adaptado a la vida portuguesa y a unos horarios de trabajo completamente agotadores, me lanzaba a la aventura que estoy a punto de narraros.

Los días libres consecutivos en el trabajo, no abundaban precisamente, y dio la coincidencia de que pude juntar tres, por aquellos tiempos eso solo podía traducirse en una cosa… ¡Mini escapada a la vista!

El ser consciente de que no era mucho tiempo, no me impidió cumplir uno de mis sueños, visitar Irlanda. Además, no contento con ello, quise ir más allá de la típica escapada de tres días a Dublín, y me propuse visitar también Galway y los imponentes Acantilados de Moher, en total cerca de 600 km para recorrer en tres días.

Al principio, no fue sencillo de planificar, ya que no quería alquilar coche. Recordad que en Irlanda conducen por la izquierda y el volante está a la derecha, esto al viajar solo, me planteaba un conflicto bastante importante y no me apetecían demasiados sobresaltos.

Intenté estructurarlo viendo combinaciones de autobuses o excursiones organizadas, pero una vez más, mi Pepito Grillo aventurero, me convenció de tomar el camino de la libertad y el “riesgo”.

Al final, pensándolo bien, fui consciente de que si reservaba billetes de autobús y excursiones organizadas, me iba a limitar muchísimo el movimiento y no podría depender exclusivamente de mi, así que me decidí por contratar un coche de alquiler, automático eso sí, y me lancé de lleno a la aventura. ¿Quién dijo miedo?

Así lo planifiqué:

01/10 

  • Vuelo Lisboa – Dublín (10.00 am).
  • Recogida de coche de alquiler.
  • Trayecto de 2h45 mins dirección Galway.

02/10 

  • Trayecto en coche Galway-Acantilados de Moher.
  • Visita libre de los Acantilados de Moher.
  • Moher – Limerick.
  • Limerick – Dublín.
  • Devolución de coche de alquiler.

03/10

  • Visitas por libre en Dublín.
  • Alojamiento en Dublín (Arlington Hotel at O’Connell Bridge).

04/10

  • Vuelo Dublín – Lisboa (6.45 am)

Antes de comenzar, os pido disculpas de antemano por la fotos que veréis en este post, resulta que el iPhone con el que solía viajar y tomar la mayoría de las fotos, sufrió un accidente fatal durante este viaje.

La buena noticia es que tenía un móvil de sustitución, la mala, que la cámara de este nuevo dispositivo era de pésima calidad por lo que la mayoría de fotos que conservo son realmente malas. Pero lo importante en los viajes es que se nos quede grabado en la cámara del recuerdo de por vida, y esa cámara de momento funciona a las mil maravillas.

Día 1 – Lisboa – Dublín.

Comenzábamos el día con el vuelo mañanero de nuestra amada compañía Ryanair, poco confort, atención al cliente discutible, pero eso sí, geniales tarifas y cada vez más rutas disponibles.

Cola de un Boeing 737-800 de la compañía Irlandesa Ryanair.

Tras poco menos de tres horas de vuelo, llegaba al aeropuerto de Dublín, justo a tiempo para recoger mi Skoda Fabia automático y comenzar la aventura Irlandesa al volante. La verdad es que el coche me gustó y probando por el parking antes de salir rumbo a Galway, las sensaciones eran buenas, mucho mejores de lo esperado.

Evidentemente, resultaba extraño tenerlo todo al lado contrario, pero el hecho de no tener que estar pendiente de la palanca ni de cambios de marchas , me permitía centrarme en la circulación, que a priori no sería más que circular lento por la izquierda y rápido por la derecha, y estar un poco pendiente para coger las rotondas correctamente, lo demás planteaba pocos problemas.

Una vez me fui alejando del aeropuerto y de las grandes zonas urbanas, comencé a disfrutar de un paisaje impresionante, sintonicé en la radio un canal de música irlandesa y me metí de lleno en el ambiente. Me recorrió el cuerpo esa extraña sensación de éxito que muchos viajeros sentimos cuando estamos en un nuevo lugar y vemos que las cosas van saliendo bien, seguro que muchos sabéis a qué me refiero.

Llegó un punto en el que la carretera estaba casi vacía, estábamos solos el coche, la carretera, las verdes colinas y yo. Fue uno de los trayectos por carretera que, por corto que fuese, recuerdo con más cariño. 

Después de 2 horas y 50 minutos de folk irlandés, pastos verdes y vacas, llegué a Galway, concretamente al Lynfield Guesthouse, me instalé en mi minúscula habitación y salí a pasear por la mágica y acogedora ciudad de Galway.

Fachada exterior del alojamiento.

Lo cierto es que no es una ciudad monumental, no hay grandes museos, enormes catedrales o una gran lista de cosas que ver, pero a mí me transmitió muy buena vibra. Lo notaba en su gente sonriente y desenfadada, el hecho de estar junto al mar también dotaba a la ciudad de un aire de libertad y tranquilidad que me hizo sentir tremendamente a gusto y en conexión con el lugar.

Una gran ventaja de la ciudad, es que los puntos más atractivos se concentran en un radio de un kilómetro, por lo que si se quiere, se puede visitar en un día o incluso una tarde si no disponemos de más tiempo.

Uno de mis momentos favoritos, fue pasear junto al río por el Spanish Parade, una antigua lonja de pescado donde se encuentra el Spanish Arch, que es básicamente un fragmento de muralla que conecta dicha lonja con el Museo de la Ciudad y el Long Walk, todo ello frente a la desembocadura del Río Corrib. Esta es una zona peatonal muy agradable, sobre todo los días de sol, que aunque no son muchos, yo tuve la suerte de disfrutar.

El modesto Spanish Arch.

Este Spanish Arch, aunque se dice que recibió el nombre por la relación comercial marítima entre Irlanda y España, no hay evidencias ni pruebas que así lo demuestren, pues ese nombre lo ha adquirido recientemente, después de haberse llamado toda la vida Head of The Wall.

La zona es genial para pasear y sentarse al borde del río a contemplar el agua y la tranquilidad, con suerte algún músico callejero os deleitará con un mini concierto de gaita o flauta dulce para terminar de haceros sentir en el corazón de Irlanda.

Continuando mi ruta, pasé también por la famosa y moderna plaza de Eyre Square, donde miles de estudiantes se citan cada día después de las clases para charlar y pasar la tarde.

Me dirigí finalmente hacia la zona de The Docks, paseando por el conocido Barrio Latino y la calle Quay Street, sin duda la zona más comercial y con más ambiente de la ciudad, que destaca por sus calles estrechas y por estar repleta de edificios bajos, cada uno de un color. Por supuesto en esta calle no faltan pubs y cervecerías llenas de gente, tanto dentro como fuera.

Después de cenar y al ir cayendo la noche, no podía despedirme de Galway de otro modo que no fuese bebiéndome unas cuantas pintas de Guinness (Cerveza Tostada), en uno de sus múltiples pubs, donde además de tratarte genial y sonreír constantemente, suele haber música Irlandesa en directo. 

Lo ideal es irse moviendo de Pub en Pub, para escuchar diferentes músicos y disfrutar de las tabernas y su decoración, ya que muchas de ellas son auténticos museos.

La experiencia en Galway fue increíble, la gente te recibe con los brazos abiertos, seas de donde seas, vayas solo, en pareja o con amigos, aquí te sentirás siempre en casa.

Después de llegar algo tambaleante al Guesthouse (recordemos que la Cerveza Guinness es suave pero… no deja de ser cerveza) me preparé la ruta del día siguiente y di el día por finalizado.

Día 2 – Acantilados de Moher – Limerick y llegada a Dublín.

Hoy tocaba madrugar, y después de un potente desayuno irlandés, me despedí de Galway y tomé rumbo hacia los Acantilados de Moher, a una hora y media en coche de donde estaba. La idea era ir con tranquilidad y parar en los lugares que fuesen apareciendo en la ruta, si la situación se prestaba a ello y así fue.

Aquí comienza la tanda de fotos malas.

Las estrechas carreteras y pronunciadas curvas, hacían que de vez en cuando, la parte izquierda del coche se acercase más de la cuenta a los elementos situados a los laterales, como muros de piedra, canalones, o guarda railes, pues en este caso era el lado débil y al no estar acostumbrado a la disposición del vehículo no era tarea fácil. No obstante, regresé sin hacerle un solo rasguño al coche ni tener sustos al volante.

Justo a mitad de camino, una imagen a lo lejos, llamó mi atención. Parecía ser un Castillo en ruinas, que junto con la neblina matinal y el mar justo enfrente, dejaban una imagen preciosa, que lamentablemente no pude retratar como a mi me gustaría. Os dejo la imagen de mi móvil y al lado una imagen de como realmente se ve el castillo, para que os hagáis una idea de la belleza del lugar.

Castillo de Dunguaire (foto propia)
Castillo de Dunguaire, fuente Irlanda.net

Dejé el coche a un margen de la carretera y decidí acercarme al castillo para observarlo más de cerca y explorar un poco más la zona. 

No había planificado esta visita, pero más tarde decidí investigarlo, y descubrí que había estado en el Castillo de Dunguaire, uno de los más fotografiados de Irlanda, en realidad se trata de una casa-torre construida en 1520 y que es propiedad de un particular, está situado cerca de la localidad de Kinvara frente al mar.

Después de haber paseado por los alrededores del castillo, continué mi ruta hacia los Acantilados de Moher y, mirando al cielo,  suplicaba porque el manto de nubes que lo cubría se fuese despejando, para poder contemplar uno de los paisajes naturales más bellos de Irlanda.

Finalmente, llegué, pagué mi entrada (6€), aparqué el coche y me dispuse a pasear.

La verdad es que las noticias no eran buenas, de momento, no había conseguido ver nada más que una densa niebla cubriendo únicamente aquello que quería ver, pues el resto del cielo estaba completamente azul… ¿En Serio?

Como era todavía muy pronto para desmoralizarme (9.40 am), decidí pasear por la zona y caminar hasta la famosa Torre O’brien, mientras le daba tiempo a esas nubes para irse a molestar a otra parte.

Imágenes de la Torre O’Brien.

La Torre O’Brien, una torre circular de piedra, se construyó en 1835 como mirador para los cientos de turistas que, ya en esa época, venían al lugar para contemplar semejante maravilla, desde ella y si el tiempo lo permite, se pueden observar unas magnificas vistas de todo el panorama.

Parecía que poco a poco las nubes se hacían eco de mis plegarias y decidí tomar un pequeño camino embarrado que parecía llevar a un lugar más despejado. Efectivamente, aquel sendero me condujo hasta una explanada repleta de vacas desde la cual se veía nítidamente uno de los acantilados y el imponente y bravo mar. Seguí indagando por la zona y me metí por caminos un poco peliagudos y nada recomendables si se viaja con niños o gente con movilidad reducida. Había llovido en los días anteriores y el suelo estaba realmente resbaladizo, de hecho una señora que estaba delante de mi, se cayó varias veces y lo peor de todo es que la pendiente cae en dirección al acantilado, por lo que hay que andar con muchísimo cuidado.

Tras un  par de resbalones y algún que otro susto, seguí caminando y contemplando uno de los paisajes de mar más bonitos que recuerdo.

Una vez más, igual que me pasó justo un año antes con el Monte Fuji en Japón, el hecho de pensar que no los podría ver, por la intensa nube mañanera, hizo que al verlos finalmente, atesorase ese momento y que cobrase un doble valor para mi. La única pena, es que no pude tomar buenas fotografías de aquel paraíso debido al teléfono que tenia, pero esa estampa, difícilmente la podrá borrar de mi mente. 

Imágenes del precioso paisaje, tristemente estropeadas por la pésima calidad de mi cámara.

Una vez las nubes interpretaron que ya había completado mi visita, volvieron a su sitio y cubrieron por completo el lugar, un comportamiento cuanto menos curioso de la madre naturaleza.

Agradecido y lleno de alegría, regresé al coche camino a Dublín. Antes de ello, eché un vistazo al mapa y vi que la ciudad de Limerick, de la que había oido hablar alguna vez, se encontraba en mi ruta y decidí fijarla como próximo objetivo y de paso parar allí a comer algo antes de proseguir hacia mi destino final.

Aparqué el coche en un parking privado y me di prisa para aprovechar lo que tenía para ofrecerme esta misteriosa ciudad. Decidí caminar en dirección al Castillo de King John, atravesando el centro histórico de la ciudad. Ya al comienzo del propio paseo, llamaba la atención la bonita imagen de postal que se podía ver, con el Río Shannon como protagonista, el Puente Thomond y en el precioso skyline, con la torre de la Catedral de St Mary y los gruesos muros de las torres fortificadas del mencionado castillo. No parecía una ciudad muy turística, pues en aquel lugar no había casi nadie, lo que hizo la visita mucho más amena y sencilla. Una vez llegué a la Catedral, me paré a contemplarla, tanto por fuera como por dentro y me llamaron la atención las múltiples lápidas que uno podía observar en el exterior. Estaban ubicadas por todas partes, sin seguir un patrón ni un orden, casi todas ellas con la cruz céltica, muy común en regiones como Escocia, Irlanda o Gales.

El mencionado paisaje de postal.

El paseo fue de lo más interesante, parecía estar caminando por una ciudad fantasma, de una belleza muy especial, donde el color verde, el río y la piedra grisácea de sus edificios históricos, me transportaron a otra época y a un lugar completamente diferente a lo que estoy acostumbrado, sin estar tan lejos. Tras un largo paseo de ida y vuelta, comí algo rápido cerca de donde había estacionado el coche y retomé mi ruta, camino a Dublín, la capital de país.

Unicamente me separaban dos horas y media de mi destino, el aeropuerto de Dublín, donde dejaría el coche y tomaría un bus hasta el centro, muy próximo al hotel.

El camino no se hizo muy pesado y al no tener que adentrarme en la ciudad, la conducción fue bastante simple. Al llegar al recinto de devolución del coche, no fue tan sencillo, pues tardé un buen rato una vez dentro del aeropuerto, en encontrar el punto de Drop off de la compañía de coches, pero finalmente, como casi siempre, di con el lugar, dejé el coche y me fui directo a la parada de autobús con el billete que ya había comprado previamente en la web de Airlink. El trayecto es bastante directo, ya que solo hace un par de paradas antes de llegar a O’Connell Bridge, en pleno centro de la ciudad.

Aquí me bajé yo y en cuestión de 5 minutos, estaba haciendo el check in en mi hotel, el Arlington Hotel, un lugar muy clásico y 100% irlandés, que para un par de noches, no estuvo nada mal en líneas generales.

Deje mis cosas, me di una ducha y , aunque estaba realmente cansado, quise aprovechar la tarde noche, para intentar visitar algunos lugares cercanos, pues el día siguiente prometía ser muy intenso.

Vista desde el O’Connell Bridge.

Muy cerquita de mi hotel, a escasos 8 minutos a pie, se encontraba un lugar que me hacia especial ilusión conocer. Cuando yo era pequeño, con unos 9 años, un profesor de inglés llamado Richard, nos enseñó una canción bastante triste, que hablaba sobre una joven llamada Molly Malone, de las clases más desfavorecidas de Dublín, que se ganaba la vida vendiendo berberechos y mejillones en su puesto ambulante. La canción narra brevemente el día a día de la joven y su fatal desenlace, pues un día cogió una fiebre fatal que tristemente acabó con su vida.  Se dice que desde entonces se sigue oyendo por las calles de Dublín, a su espíritu gritar – ¡Berberechos y Mejillones, Vivos Vivos!. Toda esta historia os la cuento porque en pleno centro de Dublín, se encuentra la estatua de Molly con su carro de moluscos, no es que sea especialmente bonita, pero a mi me hacía mucha ilusión verla, después de recordar con tanta nitidez su dramática historia y su canción, que se considera casi como un himno de la ciudad de Dublín.  Haz click aquí si quieres escucharla.

Molly Malone, situada en Suffolk Street.

Otra de las zonas que visité fue la famosa zona de Temple Bar, una calle adoquinada repleta de bulliciosos bares y pubs, entre los que destaca el que da nombre a la zona. The Temple Bar, el más famoso de todos ellos, un pub irlandés fundado en 1840, donde además de servir cerveza irlandesa, se organizan todo tipo de conciertos de música en vivo y es muy popular tanto entre los jóvenes locales como entre los turistas. Pese al buen ambiente que había y las ganas que tenía de beberme un par de pintas y escuchar buena música en directo, preferí dosificarme y descansar, ya que el día siguiente sería un día muy intenso, y me reservé para bebérmelas la última noche.

Las pilas se habían agotado por hoy, así que vistos estos dos lugares, me marché al hotel para descansar de un largo día y preparar otro que también prometía serlo.

Día 3 – Dublín, jornada intensiva.

Comenzaba con fuerza mi último día de visitas en el país del trébol, en este caso en su gran capital, Dublín, una ciudad gris por su clima, pero llena de vida en sus calles y en sus bares.

Para optimizar al máximo la jornada, me había preparado un recorrido circular con los puntos que más curiosidad habían despertado en mi durante las lecturas y las búsquedas que hice sobre esta ciudad.

Plano de la ruta circular, ideal para día completo.

Desde mi hotel, que estaba estratégicamente situado, muy cerca del conocido O’Connell’s Bridge, decidí caminar hasta el Trinity College, situado a 6 minutos andando. 

Trinity College o formalmente conocido como “College of The Holy and Undivided Trinity of Queen Elizabeth near Dublin“, es una universidad, fundada en 1592 por la Reina Isabel I, la más antigua de Irlanda y reputada mundialmente. El recinto es enorme, cuenta con más de 180.000 metros cuadrados y con múltiples edificios tanto históricos como recientes.

Sin duda lo que más destaca de esta visita es la Biblioteca, considerada la librería de investigación más grande de todo Irlanda. Debido a su importancia internacional, la biblioteca pertenece también al Reino Unido de Gran Bretaña a Irlanda del Norte.

La verdad es que el espacio es realmente imponente, se respira sabiduría en cada esquina y los libros son auténticas obras de arte. El más famoso, con diferencia, es el Libro de Kells, un manuscrito ilustrado, escrito por monjes celtas que data de cerca del año 800.

La visita es verdaderamente interesante y muy diferente a todas las universidades que he visto hasta ahora, sin duda debe ser un auténtico privilegio poder estudiar aquí y hacer uso de algunas secciones de la biblioteca y de las magníficas y cuidadas instalaciones de todo el campus.

Acto seguido, caminé unos 15 minutos para hacer una corta visita a otra estatua, en este caso a una situada en el pequeño parque de Merrion’s Square, que representa a la figura de Oscar Wilde, uno de mis escritores anglosajones preferidos y de las mentes brillantes de la historia, cuya vida estuvo siempre muy ligada a esta ciudad, donde precisamente nació en 1854, cuando Dublín era aun Reino Unido. La estatua muestra al escritor en una posición desenfadada, medio tumbado en un gran pedrusco y curiosamente, mirando hacia la casa que lo vio nacer, que por cierto poco después descubrí que se podía visitar… una pena no haberlo sabido en el momento.

Hechas las fotos de rigor con mi movil del pleistoceno, continué mi travesía hacia el siguiente punto. Mi objetivo era llegar a la Catedral de San Patricio , casi a 2 km de donde me encontraba, pero para ello decidí tomar un camino atravesando otro parque, el parque de St Stephen’s Green, uno de los más conocidos de la ciudad, que aunque no es enorme (550 x 450 m) se considera un icono y una importante zona verde de la capital irlandesa. Lo atravesé en su totalidad en poco tiempo, pero de esta forma el camino me resultó mucho más ameno y atractivo. Una vez recorrido, a escasos 700 metros me di de bruces con uno de los emblemas no solo de Irlanda, sino de toda su cultura en el exterior, la Catedral de San Patricio.

Hablamos de la catedral más grande de todo el país, dedicada al santo patrono de Irlanda y construida junto al pozo donde éste daba de beber a aquellos fieles que se convertían del paganismo al cristianismo. La iglesia, de estilo Gótico, fue construida originalmente en madera a mediados del s. V, pero en 1191, se comenzó a construir en piedra, de hecho, a lo largo de la historia ha sufrido múltiples transformaciones, hasta tal punto que la remodelación que hoy en día nos muestra la estructura y estilo, se realizó durante la década de 1860.

A mi personalmente, el exterior, reconocible a kilómetros de distancia, evidentemente me fascinó, pero el interior superó completamente mis expectativas, las vidrieras son auténticas joyas y la ornamentación y los diferentes elementos, muestran mucho de la identidad de la ciudad y del país en general, sin duda es una visita imprescindible en Dublín, sean cuales sean tus creencias religiosas. Como hoy era un día de visitas emblemáticas, iba de un icono nacional a otro incluso más conocido, que tiene algo que ver con la cerveza…

¡Bingo! Ponía rumbo, nada más y nada menos que a la fábrica/museo de la cerveza Guinness, el Guinness Storehouse, ubicado en el lugar donde se elaboró por primera vez esta reputadísima bebida, St James Gate Brewery. Esta cerveza, no solamente se toma como un ejemplo de saber hacer y de éxito empresarial, sino que la marca ha llegado a identificar el alma de una nación. Guinness en Irlanda es toda una institución, llegando a simbolizar al pueblo irlandés, que se enorgullece de semejante hazaña y por supuesto la consume casi como bien de primera necesidad.

El museo o la experiencia en general, va muy en la línea con el éxito que la marca representa, pues pese a haber adquirido un aire bastante turístico, es una experiencia inigualable.

La organización de la visita guiada es perfecta, el museo cuenta con diferentes exposiciones, tanto del proceso de elaboración de la propia cerveza, como de sus brutales campañas de marketing y de su actividad en todo el mundo. El recorrido acaba con una cata de diferentes elaboraciones y variedades de esta cerveza, acompañada de una demostración de cómo se debe servir y degustar esta cerveza de culto y por supuesto, con una consumición (incluida en el precio de la visita) de una pinta de Guinness en la azotea del edificio.

Además de disfrutar muchísimo de esta visita, quise llevarme más recuerdos y entré en la impresionante tienda de merchandising del museo, donde compré un par de placas que a día de hoy forman parte de la decoración de mi casa y también una camiseta.

Como la visita me había pillado justo en la mitad del día, también quise comer en el restaurante del museo, que aunque no fue barato, pensé que estaba justificado, pues no come uno todos los días en la fábrica de una de las cervezas más importantes del Mundo, y menos una hamburguesa con salsa a base de cerveza Guinness, todo un descubrimiento culinario.

Tras una genial experiencia, que sin duda recomiendo, tomé un taxi hacia el hotel, donde me di una ducha y me cambié de ropa para salir a dar un paseo por la zona comercial de Dublín, concretamente Grafton Street.

En esta zona, descubrí algo curioso que no es especialmente relevante, pero que igualmente compartiré con vosotros.  Resulta que entré a curiosear en una tienda muy grande llamada Penneys, pues me llamaron bastante la atención las escandalosas ofertas que estaban publicadas en el escaparate. Tras estar un buen rato recorriéndola bien, empecé a fijarme en que todo lo que veía y el formato de los carteles me era muy familiar, juraría haber visto todo eso antes. Llegué incluso a comprarme algunas prendas que me había probado, pero seguía sin identificar por qué aquello me sonaba tanto.. Efectivamente al cabo de un rato y atando cabos, caí en que se trataba de la famosa PRIMARK, una de las tiendas de moda más baratas que conozco que curiosamente es Irlandesa, el único país donde el nombre es completamente diferente. Muchos probablemente no lo sabíais y a muchos otros os importará entre poco y nada, pero a mi me pareció algo curioso y que desde el punto de vista empresarial, al igual que Guinness es un ejemplo de gestión y de éxito, otro mini punto para Irlanda y sus gentes.

Entre unas cosas y otras ya eran cerca de las ocho de la tarde, así que tras seguir paseando tranquilamente y comprar los souvenirs de turno en esta zona comercial, me senté a cenar en un Supermacs, una cadena irlandesa de comida rápida que la verdad no me desagradó en absoluto para el precio que fue.

Con el buche lleno, solo me faltaba una cosa para poner el broche final a la escapada express, regresar a Temple Bar, la zona de ocio nocturno y despedirme de este país como mejor se puede hacer, con una buena pinta de Guinness.

Fui de bar en bar , disfrutando de un increíble ambiente, hasta que finalmente llegué a uno donde a pesar de que no estaba lleno, el hombre que estaba cantando y tocando con su guitarra me despertó cierta simpatía. Me senté en la barra y disfruté del concierto, cerveza en mano. El simpático y entrañable cantante, interpreto muchas de mis canciones favoritas, como Brown Eyed Girl (Van Morrison), The Sound of Silence (Simon & Garfunkel) o The House of the Rising Sun (The animals) entre muchas otras. La verdad es que para mi fue un fin de viaje increíble, pues no hay nada mejor que escuchar buena música en directo después de un día agotador y sobretodo con la sensación de haber aprovechado cada segundo en este maravilloso país.

Cuando el concierto acabó, le di una buena propina a mi amigo y volví al hotel para descansar, pues a las 6.45 mi vuelo salía con regreso a Lisboa.

Decía adiós a Irlanda con la esperanza de volver pronto, y aunque con pena, lo hacia con una sonrisa de oreja a oreja.

Impresiones sobre Irlanda:

¿Qué os voy a decir? Así como otras capitales y ciudades europeas como Roma, París, Londres o Amsterdam me han gustado, ninguna de ellas me ha dejado la sensación de paz y buen rollo que me dejaron Dublín y Galway. Es difícil de explicar, muy probablemente estas ciudades ofrecen mucho más al visitante en términos de patrimonio artístico y sin duda mucho mejores escenarios para alimentar su sed de fotografía, pero pocas ofrecen la sonrisa y la guasa de un irlandés. La ironía autocrítica de sus gentes y su desenfado. Al menos así lo sentí yo, y es que todas estas características del espíritu irlandés, sumadas a su parte más visible, como son sus paisajes y sus pintorescos pueblos de leyenda, forman un conjunto que resulta perfecto para quien busca un viaje original y que salga de los destinos más típicos del viejo continente.

Os animo a que el hecho de no tener muchos días disponibles, no os impida pensar en hacer viajes como este, hoy en día por suerte hay muchas compañías que nos ofrecen precios increíbles y cada vez más opciones baratas de alojamiento por todo el Mundo.

El tiempo se nos va poco a poco y cuando viajamos hacemos que cada segundo de ese tiempo invertido, valga millones. No tengáis miedo, no penséis demasiado. Lanzaros a la piscina y compraros un billete, sea donde sea, la verdad es que no se me ocurre una forma mejor para seguir rompiendo el mapa.

7 comentarios sobre “Irlanda – Galway, Acantilados de Moher y Dublín (Visita Express en 3 días) – Octubre 2016.

  1. Pero que fotos más lindas! y qué ganas las que quedan de conocer todos esos sitios!!, los paisajes de Irlanda son aluscinantes!
    Gracias por tu trabajo de escritura y fotografía en este sitio, para que apasionados por los viajes, por la naturaleza, la arquitectura y la lectura amena, podamos disfrutarlo. Desde ahora te sigo!! Abrazos desde México!

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  2. Pablo, sua maneira de contar nos transporta e nos faz viajar junto com você. O final da leitura nos deixa com vontade de fazer as malas e viver estás experiências tão incríveis. Já estou ansiosa para o próximo post!

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