Japón – Noviembre 2015.

Poco después de la Gran Aventura por el Oeste Americano, se acercaría el que probablemente ha sido uno de los viajes más especiales de mi vida.

2015 sin duda fue un año de grandes cambios, y tras dejar mi ciudad natal, Madrid e instalarme en Lisboa para mi nueva vida, puse rumbo en solitario al país del sol naciente, Japón.

Mi primera gran aventura como viajero solitario, experiencia que por cierto, considero necesaria para todo el mundo, al menos una vez cada cierto tiempo. Viajar solo te hace observar cada detalle de una forma mucho más atenta, te permite pensar mucho, ordenar tus ideas y por qué no, incluso echar de menos la compañía. Pero ya dedicaremos un post a este tipo de viajes, porque sin duda lo merece. De momento centrémonos en Japón y todo lo que esconde este increíble país.

Antes de comenzar a organizar este viaje, conocía muy poco acerca del país al que me enfrentaba, de hecho, parte de la motivación para emprender esta aventura era visitar a un amigo que se estaba instalando allí con vistas a quedarse de forma permanente.

Por suerte, mi amigo encontró un trabajo que le ofrecía visado y de forma urgente, tuvo que regresar a España, por lo que no pudo estar allí durante mi visita, así que me tocaba descubrir el paraíso nipón por mi cuenta. (Digo por suerte porque cumplió su sueño y no porque no pudiese acompañarme en el viaje, es lógico pero mejor matizarlo)

Lo primero que hice, fue comprar con bastante tiempo, los billetes de avión , ida a Osaka (vía Helsinki) y regreso desde Tokyo con la misma conexión en la capital finesa. Acto seguido encargué mi Japan Rail Pass de 14 días en la web oficial para España. En Japón los transportes en tren son realmente caros, por ello los turistas tenemos una modalidad super práctica para disfrutar de casi todos los trayectos nacionales de forma ilimitada durante 7, 14 o 21 días, a un precio bastante asequible y que sin duda se amortiza. Solamente debemos entrar a en la web, rellenar un formulario y realizar el pago, nos llegará a casa un bono, que debemos conservar y cuando lleguemos a Japón, ya sea en el aeropuerto o la estación que mejor nos venga lo canjearemos por el billete original, que nos acompañará durante todo el periplo por tierras japonesas.

En relación a los hoteles, Japón es un destino donde la limpieza y la higiene van implícitas en la cultura, por lo que nunca representa un problema, no obstante, en términos de dimensión, las habitaciones suelen ser por lo general muy pequeñas y debemos contar con esto antes de salir de casa, para no llevarnos sorpresas. Os detallo la estructura de mi viaje en particular y los diferentes hoteles en los que me alojé.

OSAKA

Remm Shin-Osaka

Estacion Shin-Osaka y hotel REMM.

Un hotel situado en la misma estación de Shinkansen (tren bala), con habitaciones muy modernas y prácticas y que me resultó estupendo. En su momento me salió a buen precio, pero en los últimos años los precios han tendido a subir.

HIROSHIMA

Grand Prince Hiroshima

Es un hotel enorme, situado a las afueras de Hiroshima, en la bahía. Tiene un servicio de transfer gratis desde la estación de tren de Hiroshima, que te deja en el hotel y además desde su embarcadero privado salen ferries diarios a la isla de Miyajima.

KYOTO

Ibis Styles Kyoto Station

Hotel situado frente a la estación de Kyoto, muy funcional y con habitaciones extremadamente pequeñas, pero limpio y práctico.

TOKYO

Sotetsu Fresa Inn Higashi Shinjuku (Antiguo Sunroute Higashi-Shinjuku)

Una opción económica y tranquila, situada cerca de la zona de Shinjuku y que no está nada mal en cuanto a relación calidad-precio.

1.- Antes de continuar haré dos apuntes.

Viajar a Japón no es barato, pero tampoco es tan absurdamente caro como mucha gente dice o piensa, si se organiza bien y con tiempo, se le puede sacar muchísimo partido sin dejarnos una fortuna, de hecho un viaje a Estados Unidos, Canadá o incluso a capitales Europeas puede ser mucho más caro proporcionalmente.

2.- He de reconocer que esta estructura de viaje no es, ni de lejos, la mejor, pero era primerizo en viajes a Japón y además, por diferentes motivos, no le pude dedicar todo el tiempo que me hubiese gustado a la planificación y organización de la ruta, pero con todo y con eso, salió un viaje de 10.

Seguidme que os lo cuento…!

Día 1 – Llegada a Osaka.

Tras una buena paliza de vuelos, amenizados eso si por el estupendo trato y confort de los vuelos de Finnair, llegaba a Osaka, mi ciudad favorita de Japón. Es una ciudad mucho más pequeña y manejable que su hermana mayor Tokyo y por eso es la ideal para comenzar un viaje por este gran país. En Osaka podremos disfrutar de su cultura y de su patrimonio sin sentirnos tan abrumados como en la capital y sus cerca de 35 millones de habitantes.

Este primer día canjeé mi Japan Rail Pass, me instalé en mi moderno hotel y salí a descubrir el barrio de Namba, el equivalente a un Times Square o Picadilly Circus en versión japonesa.

La verdad es que para los viajeros más urbanitas, el paisaje resultará impactante, pues las intensas luces de neón se reflejan en sus canales, dejando una estampa muy especial que a mí también me cautivó. En esta zona se encuentra Dotonbori, una calle comercial repleta de vida y de llamativos carteles, anunciando la materia prima o el plato estrella de los restaurantes, encontramos por ejemplo enormes figuras de pulpos que se mueven, Fugus (peces globo) y todo tipo de crustáceos.

Además de restaurantes, en esta zona se encuentra el famoso cartel del Corredor de Glico o “Glicoman” , el logo de una famosa marca de chocolates que se ha convertido en el emblema de la ciudad. Pasear por esta zona es todo un espectáculo, sobretodo si la visitamos el primer día, ya que nuestra vista no estará tan habituada a tantos estímulos tan diferentes y eso hará que seamos más impresionables. Por ello mi consejo es que si nuestro vuelo llega a una hora razonable, empleemos la tarde aquí.

Glicoman.

Se me olvidaba comentar que la gastronomía de Osaka presume de ser una de las más ricas del país, así que, si sois fans del Sushi o del Ramen podéis además aprovechar para cenar por la zona antes de regresar al hotel. Eso mismo es lo que hice yo, el viaje empezaba muy bien y pese a estar en Asia, no sentía nada similar a lo que veíamos en China justo un año atrás, en solo un día de visita ya os podría confirmar que China y Japón son polos completamente opuestos.

Día 2 – Visitas en la Ciudad y Excursión Express a Nara.

Osaka, al no ser una ciudad muy grande, tampoco tiene muchísimas cosas que ver, pero por lo menos debemos dedicarle un día y medio o dos días completos para descubrir sus imprescindibles.

Uno de los lugares que más visitas recibe de esta ciudad, es el Castillo de Osaka, que no es en absoluto uno de los castillos mas bonitos de Japón, pero es una visita interesante, como también lo es el precioso parque que lo rodea , especialmente en otoño y primavera. Decidí subir al Castillo, no tanto por ver su interior, que realmente no esconde grandes atractivos, sino para contemplar las vistas panorámicas de toda la ciudad, y como el día estaba completamente despejado pude disfrutar de una visión perfecta tanto del parque como del modesto Skyline de Osaka.

El Castillo de Osaka desde sus jardines.
Vistas desde el Castillo.

Una vez visitados el Castillo y sus jardines, decidí poner rumbo a una zona muy especial de la que me había hablado mucho mi amigo Juan, el culpable de este viaje y que actualmente sigue residiendo en Osaka. Me dijo, “tienes que visitar mi barrio, Shinsekai“, me había contado historias peculiares de este lugar ,que de hecho es de los barrios peor reputados de la ciudad e incluso del país, así que teniendo en cuenta que Japón es un país extremadamente seguro, decidí adentrarme en este barrio y descubrir con mis propios ojos todo lo que me había contado el bueno de Juan.

El barrio, que significa literalmente “Nuevo Mundo“, lejos de aparentar peligro, se ve como un lugar aparentemente turístico y con cierto aire decadente. Se construyó allá por 1912 como una oda al futuro, querían emular a las grandes y esplendorosas capitales europeas y de hecho, la torre más emblemática del barrio, la Torre Tsuntenkaku pretende evocar a la Torre Eiffel de Paris. Este barrio acabó cayendo en desgracia y se convirtió en hogar de la Yakuza (mafia japonesa), de vagabundos y locales de prostitución y pese a que a día de hoy es un lugar mucho más normalizado, sigue conservando algunos rincones y callejones poco aconsejables, donde el crimen organizado y la prostitución están a la orden del día. 

Calle principal de Shinsekai.

Yo, sin saberlo, me metí en unos callejones que pertenecen al barrio de Nishinari, donde se exponen las prostitutas y donde grabar o fotografiar está terminantemente prohibido. Bien pues inocente de mi, fotografié casi hasta las baldosas del suelo y no tuve problema ninguno, de todo esto me enteré más tarde cuando le mostré las fotografías a mi amigo Juan.

Pensándolo algo más tarde, reparé en que por aquellos callejones techados, no había ni rastro de turista, la gente me miraba con caras sospechosas y no me sentí muy bienvenido. Pero la verdad, esa primera visita a Shinsekai despertó en mi una curiosidad que me haría volver años después y a la que espero regresar de nuevo más pronto que tarde.

Después de esta incursión en los “bajos fondos” de Osaka y en vista de que aún tenía casi toda la tarde libre, decidí subirme a un tren para llegar a Nara.

Nara además de ser famosa por su enorme Parque repleto de ciervos sika , no debemos olvidar que fue capital del país durante el periodo Nara desde el año 710 hasta el 784,  bajo en nombre de Heijo-Kyo. Fue precisamente durante este periodo cuando se construyeron la mayoría de los grandes templos que hoy acaparan las visitas de millones de personas cada año.

Para visitar Nara, debemos disponer de por lo menos unas 4 o 5 horas y podremos visitarla tanto desde Osaka como desde Kyoto, ya que se encuentra equidistante entre ambas, a unos 20/30 minutos en tren, por supuesto incluido con el JR Pass.

Quise aprovechar para visitar el Templo de Todaiji y su enorme estatua de Buda Sentado (la más grande del mundo bajo techo) y el de Kofuku-ji,  para contemplar su enorme pagoda. Fui parando en diferentes santuarios y observé con atención el comportamiento de los amables y hambrientos cervatillos, centro de atención de muchos visitantes que llenan sus bolsillos de galletitas para alimentarlos. Todo parecía estar saliendo a la perfección, pero una enorme nube decidió aguarnos la fiesta a todos los que estábamos allí y comenzó a llover torrencialmente, así que paseé durante un rato por la galería comercial Higashimuki en la misma ciudad de Nara y cuando di aquello por visto, puse rumbo de regreso a Shin-Osaka para descansar, pues al día siguiente tocaba madrugar.

Día 3 – Hiroshima.

Después de cada jornada, empleaba algún tiempo en organizar las visitas y el planning del día siguiente, para ello la página web hyperdia.com fue como mi padre nuestro. Es una web donde puedes consultar todos los trenes con sus horarios y las mejores conexiones paras cada trayecto, esto es muy importante para saber qué tren vas a coger y acercarte con tiempo a la estación para reservar tus asientos de forma gratuita con el JR Pass, algo imprescindible en temporada alta.

Dicho esto, con mi JR Pass en la mano, bajé en el ascensor del hotel hasta la terminal de tren bala y me dispuse a reservar mi asiento para el tren que salía directo a Hiroshima esa misma mañana. Desayuné, esperé en mi anden asignado y me puse cómodo en el Shinkansen para disfrutar del viaje. Cuando me quise dar cuenta, poco más de hora y media después , ya había llegado a la estación de JR de Hiroshima.

los cómodos vagones del Shinkansen.

Normalmente cuando organizo viajes a Japón a mis clientes, no suelo ofrecer Hiroshima como lugar para pernoctar, pues se visita de forma muy rápida y aunque la ciudad es agradable y extremadamente moderna, no atesora grandes atractivos turísticos.

Pese a ello, yo empleé toda la mañana en la ciudad y en su zona más emblemática, el Parque Memorial de la Paz. Es una pena que Hiroshima sea mundialmente conocida, porque para ello tuvo que sufrir el primer ataque con bomba atómica en el mundo, donde el 6 de agosto de 1945 murieron cerca de 200.000 personas. Este Parque con diferentes monumentos, se encarga de rendir homenaje a todas las víctimas y lo que es más importante, invita a todo aquel que lo visita a aprender de los errores que todos cometieron, no juzga ni culpa a nadie señalando con el dedo, sino que hace un llamamiento a la paz, a la tolerancia y al respeto.

Algunos de los monumentos más significativos del parque son; El Reloj de la Paz, que cada día a las 8.15 (hora a la que cayó la fatídica bomba) emite un sonido para recordar a las víctimas, La cúpula o Dome, que es el único edificio que se mantiene en pie desde la masacre, mantenido como recuerdo vivo de la tragedia. El Monumento de los niños en honor a todos los niños fallecidos aquel día , La llama de la Paz, un pebetero con una llama que lleva más de 60 años encendida y que promete no apagarse hasta que haya desaparecido el último arma nuclear en el planeta. Pero  sin lugar a dudas la visita más impactante es la del Museo Conmemorativo de la Paz, una visita tan interesante como aterradora, las imágenes y documentos rescatados de aquel día retratan de la forma más cruda al ser humano y por supuesto invitan a la reflexión.

La visita que venía a continuación sería mucho más agradable, pero lo que vi en aquel museo tardaría al menos unos días en desaparecer de mi retina y aún a día de hoy recuerdo la dureza de esas imágenes y testimonios. Volviendo al itinerario, lo siguiente que visité fue el Castillo de Hiroshima, situado a unos 2 km al norte del Parque Memorial y que se pueden hacer andando perfectamente (a excepción de los meses de verano, donde es poco recomendable). Este Castillo, tampoco es de los más bonitos de Japón pero para los viajeros occidentales, es una arquitectura muy poco familiar a nuestros ojos y siempre gusta. La estructura y el interior son muy similares al de Osaka y del mismo modo, ofrece también unas bonitas vistas de la moderna ciudad y por supuesto del Parque Memorial. Como casi todos los castillos tiene un foso y unos cuidados jardines alrededor, por lo que la visita es interesante y termina de darnos una breve idea de la ciudad.

Como comentaba al principio del post, el hotel donde me alojé en Hiroshima estaba bastante retirado del centro, concretamente en la Isla de Ujina al sur de la ciudad y como cada hora salía un bus gratis desde la estación de JR, puse rumbo a la estación. Cogí el bus de las 17.00, que salió puntual, como no podría ser de otra forma y a las 17.30 clavadas estaba haciendo el check in en el hotel Grand Princ . Una vez instalado, aproveché para comprar los billetes de Ferry hasta Miyajima, que saldría desde el embarcadero del hotel a la mañana siguiente. Poco después, aproveché para dar un paseo por la frondosa y sorprentente Isla de Ujina y ver la puesta del sol en la más absoluta soledad, sentado en una de sus pequeñas playas, contemplando el mar y escuchando el susurro de las olas. Uno de los momentos del viaje más relajantes que recuerdo junto con otro que os contaré más adelante.

Una vez hubo oscurecido, regresé al hotel y diseñé mi ruta para el día siguiente, justo antes de dormir.

Día 4 – Miyajima, Okayama y Kyoto.

Ya solo con despertar en aquella habitación con esas magnificas vistas, podríamos decir que dormir en este hotel había merecido la pena. El hotel era el único de la isla y se encontraba en una zona boscosa al borde de pequeñas playas y con vistas a una bahía repleta de islotes. Por eso, aunque el edificio se encontraba a escasos minutos de la ciudad, la sensación era de estar en mitad del océano. Aquella mañana, mientras contemplaba el mar y sus playas bebiendo mi café matutino, un simpático ave rapaz, sobrevoló durante varios minutos justo delante de mi ventana, iba y venía constantemente, parecía querer darme los buenos días, este país no dejaba de sorprenderme, me regalaba destellos mágicos cada día. Dale al play!

El simpático ave sobrevolando cerca de mi ventana.

En cualquier caso, esto sería solo un aperitivo. Como cada día desde que llegase a Japón, madrugué, esta vez para tomar el ferry con destino a la Isla de Itsukushima o Miyajima como todo el mundo la conoce.

Nada más desembarcar, divisé mi principal objetivo, el famoso Torii, una gran puerta sagrada de color rojizo, situada en mitad de una playa, al menos en ese momento, tanto fue así que a sabiendas de lo que sucedería más tarde con la marea, decidí caminar hacia ella hasta tal punto de poderla tocar con mis propias manos. La marea estaba muy baja y eso me asustó un poco, no quería irme de allí sin ver el famoso Torii flotante de Miyajima haciendo honor a su nombre.

Marea Baja.

Mientras daba tiempo a que el mar hiciese su trabajo, decidí visitar el Santuario de Itsukishima y pasear por sus interminables corredores, sin perder en ningún momento el contacto visual con la bahía. Este Santuario está considerado como uno de los más bellos y mejor conservados de todo Japón y además, su perfecta armonía con el paisaje natural que lo rodea, hace que sea especialmente atractivo, tanto es así que fue inscrito por la UNESCO en la lista del Patrimonio de la Humanidad en 1996.

Desde los tablones del Santuario, con la marea baja.

Otro de los emblemas de Miyajima, así como sucedía con Nara, es su numerosa colonia de ciervos sika, que son considerados animales sagrados. Estas simpáticas criaturas, campan a sus anchas por todo el territorio de la isla y sin duda le aportan un aire místico muy especial. Como sucede con las vacas en India, a estos animales no se les debe tocar o hacer daño, pues sería una gran ofensa.

Nada más salir del Santuario, fui en dirección a la calle comercial Omotesando Shotengai, una calle repleta de tiendas de artesanía, recuerdos, productos típicos y también de restaurantes. Merece un paseo para degustar sus empanadas de arroz, beber un buen Sake o simplemente observar como los turistas vacían sus carteras.

Antes de regresar para ver el Torii flotando de una vez por todas, decidí subir al Monte Misen, que a unos 500 m sobre el nivel del mar, es el pico más alto de la isla. Se puede subir a pie o en funicular, yo decidí utilizar la segunda opción, cuesta unos 1000 yenes y la verdad es que la vista es una pasada, pues se ve toda la bahía sobre el Mar Interior de Seto y las numerosas islitas que rodean Miyajima. Para bajar, lo ideal es hacerlo a pie, pues es un paseo muy agradable a través de un entorno verde y donde encontraremos montones de ciervos, monos y , ¡Cuidado!… serpientes venenosas, de hecho hay muchos carteles que nos advierten del peligro. La bajada a buen ritmo puede llevarnos una hora y unos 15 o 20 minutos y los caminos están muy bien señalizados.

Una vez coronada la cima, decidí bajar y tras disfrutar a ritmo pausado del descenso y caminar hasta la bahía, por fin tenía ante mis ojos la estampa que tanto ansiaba ver, El Torii Flotante de Miyajima cubierto por fin de agua y esperando para ser retratado. Me quedé atontado durante cerca de una hora, contemplando la escena y sin pensar en nada, simplemente admirando el paisaje. Una vez terminado mi trance, me puse las pilas, me despedí de aquel lugar y tomé el ferry de vuelta a Hiroshima (incluido con el JR Pass) para después coger el tren hasta Okayama, mi siguiente mini parada.

La imagen más deseada, Torii Flotante de Miyajima.

AVISO IMPORTANTE SOBRE MIYAJIMA: Una de las experiencias más bonitas de Japón, es poder dormir en un Ryokan , el típico alojamiento tradicional japonés, donde las paredes son de papel de arroz, se duerme sobre el tatami en un futón y se toma el té de rodillas en una mesa al ras del suelo. En este primer viaje a Japón, no tuve la oportunidad de hacerlo por falta de conocimiento, pero sin duda Miyajima es uno de esos lugares donde esta experiencia puede resultar especialmente bonita. De hecho el Ryokan Iwaso es un de los más bonitos y con mejor reputación de la Isla, que sin ser barato, ofrece precios bastante asequibles para todo lo que ofrece.

Como segundo aviso dentro de este aviso, os recomiendo encarecidamente que si pernoctáis en Miyajima en un Ryokan, contratéis la Media Pension, pues las tiendas y restaurantes de la isla cierran especialmente pronto y a partir de las 18.30/19.00 si no habéis cenado o comprado comida, pasareis hambre. Además, cenar en un Ryokan es una experiencia en si misma, pues suelen cuidar mucho cada detalle y en algunos casos hasta la sirven en la habitación, mientras los huéspedes están cómodos vistiendo el kimono que se les entrega a cada uno.

Después de este imprescindible aviso os preguntareis, ¿Pero por qué Okayama?

Bueno, como viajero en formación, leí bastante sobre paradas que pudiese hacer antes de llegar a Kyoto y la que más me llamó la atención fue la parada de Okayama, que cuenta con un modesto castillo y uno de los jardines más bonitos, al menos de la isla de Honshu. Lo cierto es que estábamos en Noviembre y el jardín, probablemente no estaría en su mejor momento, pero lo tenía claro y me planté allí. La verdad es que nada más llegar, la ciudad me pareció muy interesante, parecía una maqueta, todo impecable, organizado, silencioso, daba la sensación de que incluso se podía comer en el suelo.

Lo poco que vi de la parte más urbana de la ciudad, la verdad es que me dejó bastante impresionado. Al llegar al Jardín de Korakuen , que así se llamaba, me alegré enormemente de haber tomado esta decisión, me recordó a un lugar de cuento, pues parecía que hubiesen colocado una moqueta . El césped sorprendía con un intenso color verde, los árboles moldeados como si de esculturas se tratase, en medio de todo destacaba un estanque en el que hasta daban ganas de darse un chapuzón y por si fuera poco, se intuía la silueta del Castillo de Okayama que a lo lejos, vigilaba la bucólica estampa sin darse cuenta de que también formaba parte de ella. Este jardín no hice mucho más que recorrerlo de punta a punta y sentarme de vez en cuando a observar la tranquilidad del lugar y su magnificencia y pulcritud. 

Miento, me acerqué hasta las puertas del Castillo, que no era más que una bella silueta desde la lejanía, pero que una vez cerca perdía casi todo el encanto. El Castillo original que databa de 1597 fue abandonado y posteriormente destruido en la guerra, siendo reconstruido desde cero en 1966 y perdiendo así casi todo el encanto arquitectónico y artístico que pudiera tener.

El Sencillo Castillo de Okayama.

Visto lo más esencial de Okayama en poco más de 2 horas, continué mi ruta en la misma línea de tren hasta Kyoto, donde no tuve más que bajarme del tren, cruzar una calle y entrar en mi hotel para dormir y no salir hasta la mañana siguiente.

NOTA: Bastante tiempo después de mi primer viaje a Japón, leí mucho sobre la ciudad de Himeji y su Castillo. Resulta que se encuentra en la misma dirección desde Hiroshima hacia Kyoto, pocos minutos más tarde de Okayama en tren y es una parada muy interesante, pues en este caso si que podemos hablar de uno de los castillos más bonitos de Japón. Además de tratarse de una estructura que data de 1346 y que se mantiene en un envidiable estado de conservación.

Día 5 – Kyoto intensivo.

Cuando comencé a reservar los hoteles para esta aventura, resulta que los días que tenía planeados en Kyoto, coincidían con un congreso internacional de medio ambiente y los hoteles estaban completos y a precios astronómicos , por ello tuve que conformarme con dormir solo una noche allí y debía emplearme a fondo para ver lo máximo posible en una ciudad a la que normalmente se le suelen dedicar entre 3 y 4 días completos.

El hecho de estar alojado enfrente de la estación, me daba cierta ventaja a la hora de organizar mis visitas, ya que desde aquí podemos llegar casi a cualquier lugar de la ciudad con excelentes conexiones. Kyoto es una ciudad donde sobretodo nos moveremos en autobús ya que al encontrarse en medio de valles el tren no llega a todos los puntos turísticos.

A primera hora, me dirigí a la estación de tren para comprar el billete de Bus, un pase de autobús en el que te dan un mapa con todos los templos y sus paradas de bus y puedes subir y bajar de ellos tantas veces como quieras.

Kinkaku-ji.

Mi primera parada fue el Kinkaku-ji o Pabellón Dorado, en este templo el visitante no llega a entrar, ya que a día de hoy, no es un lugar de oración sino un relicario, la belleza de esta visita radica en el radiante color dorado del edificio y como se integra a la perfección con los preciosos jardines que lo rodean, cuidados con un mimo y una elegancia fuera de lo común. En general lo bonito de lugares como este, es pasear con tranquilidad por sus jardines y observar cada elemento que se nos vaya cruzando en el camino sin buscar cosas concretas, simplemente dejarse llevar e incluso llegar a perderse. Tras perderme y encontrarme de nuevo, me subí en el bus con destino a mi siguiente parada, el Ginkaku-ji o Pabellón de Plata donde nada más llegar, me abordaron dos jóvenes estudiantes y me ofrecieron una visita guiada Gratis en inglés, algo muy habitual en los templos de Japón y que me pareció muy curioso e interesante y por supuesto acepté.

Pese al nombre que recibe este templo, a diferencia del anterior, en este caso la estructura no tiene plata ni plateado en ningún lugar, pero la intención de quien lo mando construir, el Shogun Ashikaga Yoshimasa,  era recubrirlo de plata para emular al Kinkaku-ji , construido por su abuelo, pero esto nunca se llevó a cabo y lo único que lleva plata es el nombre. Durante la visita, salta a la vista un enorme Jardín Zen de arena blanca, rastrillado con formas perfectamente geométricas, sobre el que se erige un montículo de arena blanca perfecto de unos 2 metros de altura , mis simpáticos guías me explicaron que cuenta la leyenda que dicho montículo pretende evocar al Monte Fuji. Una de las cosas que aun no había comentado es que principalmente, durante los meses de Octubre y Noviembre, tiene lugar el fenómeno conocido como Momiji, que es básicamente el cambio de tonalidad del follaje de los árboles, donde adquieren un tono rojizo precioso. Tanto es así que yo personalmente creo que el otoño es la mejor época del año para venir a Japón, por este fenómeno por supuesto y también porque la temperatura es muy agradable y pese a que nos topemos con algún día lluvioso, podremos disfrutar al 100% de todo lo que ofrece este país, a diferencia del verano donde las temperaturas pueden llegar a los 40ºC y a indices de humedad superiores al 90% , dificultando mucho la vida y el confort del viajero de a pie.

Otoño en Kyoto.

Concluida la visita, decidí caminar unos 200 m para dar un corto paseo por el conocido como Camino del Filosofo, un agradable sendero de unos dos kilómetros de largo, escoltado por cerezos y arces y flanqueado por un estrecho canal. Con el rojo intenso de los árboles y el suelo cubierto por las hojas caídas, aquel lugar tenia mucho potencial para poderlo disfrutar, pero lamentablemente no pude pasear por él todo lo relajado que me hubiese gustado, ya que tenía el tiempo muy justo para todo cuanto quería ver, por ello, decidí darlo por visto y continué mi recorrido hacia el siguiente punto.

Camino del Filósofo.

Tomé de nuevo el bus y me bajé en la parada más cercana al Barrio de Gion, hogar de Geishas y Maikos y caminé hasta llegar al callejón de Ponto-cho, todo un referente y conocido mundialmente. En este barrio, que en realidad se divide en 2, Gion Kobu y Gion Higashi ,podremos pasear por las calles más tradicionales de la ciudad , entrar en las famosas ochaya o casas de té, ver las okiyas o albergues de Geishas y comprar dulces tradicionales, ornamentos, textiles y un sin fin de productos artesanales de calidad. El Barrio ha sido muy castigado por los visitantes irrespetuosos con el paso de los años, hasta tal punto que se han establecido muchas normas de conducta, no se puede tocar a Geishas ni Maikos, no se puede comer ni beber, no se pueden usar palos de selfie y de hecho como el comportamiento del visitante no mejoró tras las medidas impuestas, han llegado a restringir y prohibir el paso a determinadas zonas. Es una pena que por culpa de algunos impresentables que andan sueltos, poco a poco vayamos pagando justos por pecadores, por lo tanto recuerda, si vas a Japón, o a cualquier país del mundo, se siempre respetuoso.

El Barrio me pareció un decorado de película, todo estaba impoluto y sorprendentemente vacío, algo que me encantó, estaba tan desierto que no me atreví a entrar en ninguna de las casas de té por miedo a incomodar o a que me mirasen como un loco, más tarde hablando con compañeros de trabajo que conocen muy bien el destino, me arrepentí de no haber entrado en alguna de las muchas ochayas que vi en aquel pintoresco barrio.

Estando en Gion, decidí tomar el tren, esta vez para visitar mi próximo destino y el último gran descubrimiento del día. Desde la misma estación de Gion-Shijo cogi la linea Keihan en dirección a Fushimi-Inari y desde aquí en cuestión de 3 minutos me planté en la entrada principal de este colosal santuario. El primer santuario, Go Honden se encuentra en la base dela Colina Inariyama, pero es un error quedarse solo aquí, pues nada más pasar por la puerta Sakura hay diferentes senderos , todos ellos flanqueados por toriis (puertas sagradas) que son los elementos que dotan a este complejo de un toque tan especial y original. Un error muy común es pretender hacerse una foto y aparecer solo y sin turistas en los primeros metros de la subida, mi consejo es intentar subir lo máximo posible para hacerlo, ya que normalmente la gente tarda más en llegar, pues hablamos de más de 1200 escalones que, a según que edades, cuestan su trabajo, y una vez arriba es el momento perfecto para inmortalizarse junto a los anaranjados pasillos de toriis.

Si lo haces bien, puede parecer que estás solo en todo el complejo.

Durante la ascensión, lo ideal es irse parando en los diferentes pequeños santuarios para descansar y relajarse observando el frondoso y apacible paisaje antes de llegar al santuario principal, situado en la cima de la colina y que aunque es precioso e imponente, la paz termina por completo porque suele estar plagado de turistas. Probablemente este lugar os recordará a la taquillera película estadounidense, Memorias de una Geisha, pues apareció en el rodaje, en una de las escenas más recordadas de aquel film.

Habiendo logrado ver mis 4 objetivos principales de Kyoto, decidí acercarme al hotel para refrescarme y darme una ducha y después salí a dar un paseo relajado por el complejo To-Ji, situado a unos 15 minutos a pie del hotel. El Templo To-Ji, data del año 796 y su elemento más importante y que hoy es emblema de la ciudad es la Pagoda de las 5 historias, considerada la estructura de madera más alta de Japón con cerca de 55 metros de altura. Curiosamente ese día (día 21 de cada mes) se celebraba un mercado que montan en los jardines del templo, en este mercado se pueden comprar todo tipo de antiguedades, comida tradicional, dulces, kimonos y diferentes artículos de porcelana de alta calidad.

La ciudad de Kyoto tiene eso, la magia de andar por cualquier rincón y encontrarte auténticas obras de arte, independientemente de la zona en la que estés. Por esto mismo solemos recomendar un mínimo de 3 días completos para poder disfrutar de Kyoto sin prisas ya que es sin ninguna duda la capital historico-cultural del país. Lo que siempre les digo a mis clientes, es que lo que hace a Kyoto tan especial es que podemos visitar decenas de templos sin tener la sensación de estar viendo siempre lo mismo, ya que cada uno tiene alguna particularidad o algún toque diferenciador.

Tras visitar el To-Ji regresé a la zona de la estación para cenar algo y descansar de un día de récord mundial. Kyoto no había defraudado ,pero sin duda tendría que regresar en un futuro para visitar parte de lo que había dejado pendiente.

Día 6 – Tokyo, el Caos más ordenado del mundo.

La noche anterior ya había estado viendo los trenes para salir en dirección a mi siguiente destino, así que tras un buen café del Family Mart, me dirigí hasta la estación para reservar el billete y prepararme para la capital de Asia, la ciudad de los 35 millones de habitantes, nada más y nada menos que Tokyo.

Antes de entrar en faena y volviendo al tema del Family Mart, cuando visitéis Japón seguramente os chocará tanto como a mí. Existen diferentes marcas, pero destacan 3 a las que yo “originalmente” he denominado Big Three, 7eleven, Family Mart y Lawson’s, los japoneses las llaman Konbini, que viene de la palabra inglesa Convinience Store, básicamente son tiendas 24 horas donde puedes encontrar prácticamente de todo lo que puedas necesitar, desde un muslo de pollo frito, hasta un paraguas, pasando por maquillaje, ropa interior, prensa o cosméticos. La verdad es que me atrevería a decir que 1 de cada 5 locales comerciales son un Konbini y he de reconocer que son super útiles y en más de una ocasión me salvaron el día, además también observareis que en las calles prácticamente no hay papeleras, bien pues los Konbini suelen tener varias, así que en ese sentido también son muy necesarios. Por lo tanto, nada de tirar cosas al suelo o abandonarlas discretamente, absolutamente nadie hace eso en Japón (como debería ser en cualquier lugar del mundo), os lo guardáis en el bolsillo o en la mochila y cuando veáis un Konbini, cosa extremadamente probable estéis donde estéis, lo depositáis en la papelera y continuáis la ruta.

Una vez tuve mi plaza reservada, me dirigí al vagón, me senté en su cómodo asiento y disfruté del trayecto de poco más de dos horas hasta la estación de Shinjuku. Viajar en tren en Japón es una gozada, no se escucha ni una voz, los asientos son extremadamente cómodos y prácticamente ni notas que el tren se mueva, pese a ir por encima de los 300 km por hora en algunos tramos de la ruta, por no hablar de los paisajes en zonas rurales o pequeñas poblaciones. Viajar a Japón sin coger un tren es perderse parte de la cultura de este país, pues el tren es parte de su vida y como tal lo cuidan mucho.

Nada más llegar, tomé el metro hasta la estación de Higashi-Shinjuku y en cuestión de unos 4 minutos llegué al hotel, Sunroute Higashi Shinjuku. La verdad es que el hotel era muy funcional, correcto, limpio y más que suficiente para lo que yo necesitaba, dejé mis bártulos y me eché a la calle, había mucho que explorar en esta inabarcable ciudad.

Lo primero de todo fue ir a Shibuya, para ver una de las escenas que más veces había imaginado en mi cabeza e incluso ser participe de ella. Si, habéis acertado, el famoso Cruce de Shibuya, un cruce en el que confluyen 4 direcciones y donde los semáforos se ponen en rojo a la vez para los coches, permitiendo a más de 3000 personas simultáneamente cruzar en la dirección que deseen durante los 47 segundos que dura la señal de Stop. Atravesarlo es casi tan impresionante como verlo desde arriba, uno de los mejores lugares para ello es la cafetería Starbucks, donde normalmente suele haber cola para tomarse el café y poder fotografiar la escena, pero como buenos viajeros lo ideal es no recrearse, sino llegar con tu café, hacer cuatro fotos, observar la escena y seguir bebiéndote el café en la calle para que otro pueda disfrutar de las peculiares vistas. Otro de los iconos de esta zona es la estación de Shibuya y la estatua que se encuentra a la salida,  La estatua del famoso perro Hachiko, quien tras la muerte de su dueño lo esperó en esta plaza durante años, posiblemente recordareis esta historia por la película de 2009 protagonizada por Ricard Gere, “Siempre a tu Lado, Hachiko“, esta estatua a día de hoy es punto de encuentro de muchos jóvenes japoneses, ya que quedando aquí, no hay fallo posible.

Cruce de Shibuya, desde abajo.

Antes de abandonar Shibuya, decidí adentrarme en otro icono de este barrio tokyota, el famoso Shibuya 109, Un cilíndrico edificio que alberga cientos de tiendas de moda femenina y que aunque no vayas a comprar nada, como era mi caso, es todo un espectáculo, ya que cada vendedor intenta llamar la atención del comprador con gritos, música, o incluso disfraces. Lo cierto es que yo no aguanté mucho tiempo allí dentro, pero reconozco que es interesante ver lo diferente que puede ser la experiencia de compra y las formas de llegar al cliente según en que parte del mundo estés.

Dejando atrás Shibuya, tomé el tren JR hasta Harajuku,(tan solo una parada en la linea Yamanote), aquí tenia sobretodo un lugar en mente. Por si los gritos y el gentío de Shibuya 109 hubiesen sabido a poco, me metí de lleno en Takeshita-Dori, Una calle peatonal muy especial. En esta calle, además de haber restaurantes, cafeterías y Konbinis por supuesto, podemos encontrar tiendas de lo más “friki” sin querer ofender a nadie, por supuesto. Cuando hablo de friki me refiero a cosas muy variopintas, desde merchandising de grupos de Pop Japonés y Coreano, hasta disfraces de Pokemon, tiendas de Comics Manga y Anime, tiendas oficiales de grupos “Idols” o Music Stores. La verdad es que no estoy muy enterado de las nuevas tendencias ni soy un apasionado de la cultura pop japonesa ni todas sus ramas y vertientes, por ello si he cometido algún error en algún aspecto o mención de lo anterior, ruego se me perdone. Caminar por esta calle, resultaba realmente difícil y por primera vez empezaba a notar en mis propias carnes ese dato de los 35 millones de habitantes, así que di por vista la calle Takeshita y decidí asomarme y respirar un poco en el Parque Yoyogi, a escasos metros de donde me encontraba. Me senté en un banco y pasé de estar rodeado de miles de personas, luchando por avanzar entre la multitud, a estar solo rodeado de árboles y apenas escuchando mi respiración, este momento me marcó, nunca había pasado del caos más absoluto a la calma en apenas 2 minutos, sin tan siquiera haber recorrido 300 metros, sentí que Japón tenía ese equilibrio tan difícil de conseguir y quizás por ello, es hoy en día uno de los países que nunca me cansaré de visitar.

Apetecible, ¿Verdad? , la esencia de Takeshita-Dori.

Para dar por finalizado un día super completo, regresé a la zona de Shinjuku, probablemente una de las postales más conocidas de Japón, interminables letreros luminosos escritos en vertical con Kanjis, Hiraganas y Katakanas (caracteres de los 3 alfabetos japoneses) indescifrables al ojo occidental. Un barrio lleno de vida tanto de día como de noche, creo que es una zona ideal para alojarse ya que además de ser muy llamativa y tener literalmente de todo, está muy bien comunicada, no solo con todo Tokyo sino con todo el país.

Bienvenidos a Shinjuku.

En Shinjuku yo destaco varias cosas; La estación de tren de Shinjuku, otra viva imagen de la elevadisima densidad de población de esta ciudad, ostenta el récord de la estación mas transitada del mundo, en esta estación podríamos literalmente hacer vida, ya que tiene restaurantes, hoteles, cafeterías, tiendas de todo tipo e incluso salones de masaje, podríamos vivir durante meses en ella y no nos faltaría de nada.

Otro lugar muy especial es el callejón Kabukicho, considerado el barrio rojo de Tokyo e incluso de todo Japón, una zona repleta de bares y clubes de ocio adulto subidos de tono, generalmente regentados por la Yakuza (mafia Japonesa), también podremos encontrar los famosos Love Hotels y Pachinkos (centros de maquinas recreativas y tragaperras). Pasear por Kabukicho, pese a sus locales de dudosa legalidad, es totalmente seguro, incluso a altas horas de la noche. Lo único que debemos evitar es hacer fotos abiertamente a personas o a locales “eróticos”, por lo demás podremos pasear sin problemas. Si sois hombres y viajáis solos, como era mi caso, cientos de relaciones publicas os acosaran intentando que entréis en sus locales e incluso pronunciaran palabras malsonantes sobre determinados actos sexuales en inglés, pero simplemente ignorarles y rápidamente desviarán su atención hacia el siguiente viandante al que convertir en cliente potencial. 

Por último, podremos ver la estatua de Godzilla, encaramada en lo alto del hotel Gracery Shinjuku, siempre he querido alojarme en este hotel y para los fans de Godzilla, que sepáis que hay habitaciones tematizadas, donde podréis ver sus enormes garras sobre el cabecero de la cama. Tras una cerveza en un minúsculo Bar de Shinjuku, me volví dando un paseo al hotel para descansar de mi primer día en la Gran Capital Nipona.

Día 7 – Tokyo, modernidad al cuadrado.

Con el paso del tiempo, cada vez he ido dejando más de lado las visitas super turísticas, pero por aquel entonces, todavía estaba coqueteando con el concepto de turistada y mi siguiente visita, sería un claro ejemplo de ello. Había sacado las entradas por internet y me dirigí al barrio de Minato-ku para subir a la famosa Tokyo Tower. Se trata de una torre de 333 metros de altura, pintada en blanco y naranja tal y como marcan las leyes de aviación. La torre en sí, no es especialmente bonita, pero sus vistas no tienen desperdicio. De todos modos, si me preguntáis si volvería, no os mentiré, no lo haría, creo que Tokyo tiene muchísimas cosas que ver y sin quererle restar atractivo a esta torre, creo que las disfrutaría bastante más. A continuación puse camino hacia la Isla de Odaiba, también conocida como Isla de los museos, mi primera parada, sería un gran conocido y habitual en todos mis viajes, el museo de cera Madame Tussauds, está claro que muchos de los personajes se repiten en casi todas las ciudades, pero yo sigo fiel a mi tradición , aunque diré que al ser un total desconocedor de la farándula y las tendencias televisivas en el mundo en general y en Japón en particular, muchas figuras no despertaban en mi el menor interés. 

No penséis que mi visita a Odaiba iba a quedarse en un museo de cera, nada de eso. 

Uno más para la colección.

Nada más salir de Madame Tussauds, decidí pasear por la zona, pues justo en frente esta el conocido como Odaiba Marine Park y la Playa de Odaiba, evidentemente no son playas que inviten al baño y mucho menos en Noviembre, pero si a un agradable y relajante paseo. Yo, la verdad es que había leído muy poquito de la zona de Odaiba, solo sabía que había muchos museos y grandes centros comerciales, pero nada más. Por eso mismo me resultó curioso ir paseando tranquilamente por los cuidados caminos y pasarelas de este Odaiba Marine Park y de pronto alzar la vista y ver una réplica exacta de la Estatua de la Libertad junto a la bahía y un puente a lo lejos, muy similar al puente de Brooklyn en Nueva York, no esperaba en absoluto algo así y la verdad me sorprendió lo bien que han conseguido ese trampantojo, pues veréis más abajo en las fotografías lo bien representado que está. Tras el asombro y un largo y agradable paseo, decidí caminar hacia el interior de la Isla atravesando en línea recta el West Promenade para llegar a mi siguiente destino, el Miraikan o Museo Nacional de Ciencias e Innovación. Es una visita muy interesante para los más curiosos y los amantes de la ciencia, podremos observar exposiciones permanentes y sobre asuntos que van más allá de lo habitual en un museo.

Tiene una sección que para mi resultó la más interesante, dedicada en exclusiva a la robótica y a las ciencias modernas emergentes, por eso podemos decir que no es el típico museo de ciencias o de historia natural, ya que se centra más en el futuro que en lo que ya ha sucedido, sin dejarlo de lado evidentemente.

El enorme Globo Terráqueo del Miraikan.

Para la dimensión del museo y todo lo que ofrece, no es una visita cara, pues cuesta en torno a 5€ y si lo queremos ver en profundidad, debemos contar al menos con unas 3 horas. Como curiosidad, comentar que la tienda de merchandising del museo suele defraudar, sobretodo al público occidental ya que esta a años luz de las que podemos encontrar en Estados Unidos o en las grandes capitales Europeas. Llama la atención que en un museo tan colosal y vanguardista no se le dedique una inversión mayor a su imagen de marca.

Tras emplear casi 4 horas en visitar el museo, volví sobre mis pasos y di de bruces con un gigantesco Robot, rodeado de cientos de personas. Una vez más, desconocía completamente la existencia de esta colosal estatua, esta isla estaba llena de sorpresas y eso me encantaba. Muchas veces debemos leer sobre lo que podremos encontrar en los lugares y no es nada malo, de hecho yo soy el primero que lo hago, pero lo cierto es que encontrar cosas así sin esperarlo aviva más la magia de los viajes, así que mi consejo es dejar siempre un pequeño espacio en cada aventura para la improvisación. Aquella estatua llamada Gundam resultó ser un reclamo turístico y es más, está considerado el emblema de la Isla de Odaiba, tanto es así que existen dos tiendas de merchandising y hasta un Gundam Café, también hay espectáculos de luz y sonido por la noche, en fin, toda una fiebre. Indagando más tarde descubrí que la estatua de Gundam que yo vi en 2015, estuvo solamente desde 2012 hasta 2017 y desde entonces hay otra gigante estatua, pero de un robot diferente, se rumorea que en 2020 la volverán a sustituir por un Gundam robotizado que podrá moverse, pero no se yo si la pandemia COVID-19 les ha dejado tiempo para pensar en robots, lo descubriremos muy pronto.

Mi gran amigo Gundam.

Tras haber flipado con este monstruoso robot, transformer, cyborg o como lo queramos llamar, decidí entrar en el Centro Comercial Diver City Tokyo Plaza, situado a espaldas del Gundam, más que nada por la curiosidad de ver un gran centro comercial japonés y ya de paso irme cenado al hotel. Siendo sincero, no me sorprendió demasiado, pues al final no es más que un centro comercial muy grande, pero normal y corriente sin grandes aspectos a destacar. Si es cierto que aquí descubrí por primera vez la marca japonesa UNIQLO, me pareció muy económica y con ropa de alta calidad, de hecho, compré algunas camisetas que aun conservo. Desde hace unos meses, ya tenemos esta marca en España pero los precios no tienen nada que ver con lo que encuentras en Japón, el hecho de estar en la calle Goya ya nos delata mucho. Así que ya sabéis, si queréis comprar en UNIQLO y que os salga más barato, iros a Japón y así aprovecháis y conocéis uno de los destinos más especiales del mundo, negocio perfecto.

Una vez satisfechos mis pequeños impulsos de consumo viajero, cené en un Yoshinoya, una cadena de comida rápida japonesa, que es excelente en relación calidad precio, tras el festín volví a mi hotel para pensar en el día siguiente.

Día 8 – Tokyo, entre atunes y templos.

Mucho había leído y oido hablar de la famosísima lonja de pescado de Tsukiji y sus subastas en vivo, lo cierto es que me despertaba curiosidad, pero no iba a presentarme allí a las 5 de la mañana para ver una de ellas, la curiosidad no llegaba tan lejos. Sí me pareció bien madrugar y hacer una visita del mercado y apreciar su frenética actividad por mi cuenta. Me perdí entre sus pasillos, y recibí alguna que otra mirada asesina por parte de los trabajadores, y con toda razón, pero estaba allí y tenía que visitarlo y curiosear. La verdad es que era un mercado impresionante y me alegro de haberlo podido visitar. Digo era, porque en 2018 cerró sus puertas y se trasladó a Toyosu, este nuevo mercado incorporó pasarelas aéreas, para que los turistas no entorpeciesen el trabajo de los pescadores y que pudiesen ver la subasta sin necesidad de reservar hora, tal como sucedía antes. Además Toyosu es mucho más grande y cuenta con unas instalaciones excelentes, mucho mejores a las de Tsukiji, ya obsoleto, pues recordemos que data del 1935.

Nada más salir del mercado cogí el metro hasta la estación de Asakusa, desde aquí, caminando menos de 4 minutos entré de lleno en la Calle Comercial Nakamise, tras pasar la entrada del templo Senso-Ji, la calle tiene una longitud de unos 250 metros y en ella puedes encontrar puestos de todo tipo, comida, artesanía, artículos tradicionales japoneses o souvenirs, pero aunque no compres nada, es una paseo especial ya que te lleva directo al Santuario de Asakusa y a la pagoda Daigo-ji, el conjunto de ambos, podríamos decir que representa la cara más tradicional de Tokyo, junto al Templo Meiji. Otra opción para visitar esta zona, es hacerlo de noche, pues pese a que los puestos de la calle Nakamise estarán cerrados, la calle se ilumina y en las persianas de cada puesto podemos ver pasajes de la historia Senso ji.

Además cada edificio del complejo se ilumina dejando a la vista un color rojo intenso que hace que luzcan incluso más impresionantes que durante el día. Como buen turista, aprendiz de viajero, compré incienso para quemarlo y dejarlo en los enormes incensarios situados a las puertas del templo, y lo cierto es que en ese momento no sabía bien por que lo hacía, pero no he vuelto a hacerlo en ninguna visita a templos por todo Asia, en señal de respeto por una religión que no practico. No quiere decir que esté mal, pero yo personalmente prefiero limitarme a disfrutar de los templos y observar a los fieles desde la distancia, sin querer emular nada de lo que hagan. Y así lo hice, me entretuve paseando por las diferentes zonas del templo y al acabar, puse rumbo al Parque Sumida.

Incensario frente a las puertas del templo.

Para llegar hasta allí, atravesé el Puente Azuma, desde el cual por cierto, se obtienen unas preciosas vistas de parte del Skyline de la ciudad, y en cuestión de 5 minutos tras haberlo cruzado llegué al pequeño parque. El parque es la mínima expresión pero está muy bien cuidado y a mi me resultó muy agradable, además desde él se obtienen muy buenas fotografías de la Torre Skytree.

Paseando por el parque me encontré varias veces con otro viajero, aparentemente occidental, que también iba solo, rápidamente nos identificamos como viajeros solitarios y estuvimos un rato hablando. Su nombre, Barak, israelí de ascendencia georgiana, resulta que estaba en una especie de año sabático tras haber completado el duro servicio militar israelí y lo estaba aprovechando de la mejor forma, viajando por todo el Mundo. Como no teníamos grandes planes en mente y había algunas cosas que aún ninguno de los dos habíamos visitado, decidimos hacerlo juntos y la verdad fue una genial experiencia.

Ambos habíamos oido hablar del Palacio Imperial y aunque sabíamos que no se podía entrar, nos acercamos hacia esa zona en metro para echar un vistazo. Al llegar, comprobamos que efectivamente no había mucho que ver, así que nos sentamos cerca de uno de los fosos del palacio y estuvimos hablando un poco de nuestros respectivos países y compartiendo experiencias sobre viajes que habíamos hecho. Cuando viajas solo, dependiendo evidentemente de tu forma de ser y tu nivel de extroversión, tienes la oportunidad de conocer gente de zonas del mundo muy diferentes y a veces en una simple conversación de 15 minutos aprendes más y abres más la mente que en todo un año académico, eso son cosas que solo nos aportan los viajes. Pero cuidado, esto no nos obliga a socializar, muchas veces, yo el primero, quiero estar conmigo mismo y no hablar con nadie, y eso es totalmente respetable, pero es genial poder hacerlo y saber que casi siempre, estés donde estés, va a haber gente dispuesta a tener una conversación agradable sobre cualquier cosa.

Palacio Imperial.

Tras ver que el Palacio ya había dado todo lo que podía, Barak y yo, nos fuimos paseando al barrio de Akihabara, el paraíso del cómic, del anime y del manga. Una zona realmente llamativa, donde todos los edificios son coloridos y tienen estampados de diferentes personajes de animación y donde la calle está repleta de tiendas de miniaturas, merchandising de diferentes series o cómics y por supuesto de un público que va buscando justo eso.

La verdad es que no profundizamos mucho en el lugar, simplemente paseamos por sus calles e incluso nos dio tiempo a ser entrevistados por una cadena de televisión Brasileña, Record TV, y aunque nunca encontré la entrevista, sí puedo dejar documentos gráficos como evidencia de que sucedió.

Un servidor, Barak La reportera Cintia Godoy y el operario de Cámara, justo después de la entrevista.

Después de nuestro fugaz paso por Akihabara, tomamos de nuevo el metro para llegar hasta el último punto que visitaríamos juntos, el enorme complejo de Roppongi Hills, todo un ejemplo de capitalismo, se trata de un complejo que alberga viviendas, oficinas, cafes, un museo, un anfiteatro al aire libre, cafés, restaurantes un estudio de televisión, salas de cine y varios parques. La torre principal, llamada Torre Mori, tiene 238 metros de altura y 54 plantas, lo cierto es que yo jamás había oido hablar de este lugar, y probablemente si Barak no lo hubiese sugerido, a día de hoy continuaría sin saber de su existencia. Sin ser una visita espectacular, sí me resultó interesante ver cómo la clase adinerada de Tokyo pasa sus ratos libres comprando en carísimas tiendas y bebiendo cafés de Starbucks todo el día. En aquel lugar, también captó mi atención una enorme escultura de una araña de aspecto Daliniano que ya había visto antes, concretamente en el museo Guggenheim de Bilbao, se trata de una araña enorme titulada Mamán, de la escultora Louise Bourgeois y que también tiene representación en Ottawa, Seul, Kansas City, San Peterburgo, Paris y La Habana.

Tras otra interesante conversación en uno de los parques de tan imponente complejo, Barak y yo nos despedimos y quedamos en tomarnos una cerveza por el mundo en algún momento, hoy en día aun mantenemos contacto y seguimos recordándonos que tenemos una cerveza pendiente y espero que no esté lejos de convertirse en un hecho.

Una vez nos hubimos despedido, me dispuse a regresar a la zona de mi hotel, pero antes quería descubrir si algo que había leído era cierto. Resulta que hay un edificio en Nishi Shinjuku, concretamente el Edificio del Gobierno Metropolitano, o Ayuntamiento hablando en plata, donde se puede subir de forma gratuita a un mirador, situado a 202 metros de altura. Bien, pues efectivamente pude comprobarlo, en la planta 45 hay un mirador interior (no al aire libre) donde puedes obtener unas increíbles vistas de todo el Skyline de la ciudad, en mi caso al ser completamente de noche pude ver toda la ciudad iluminada, pero se rumorea que en días despejados de invierno y con mucha suerte, se puede llegar a ver el majestuoso Monte Fuji.

Confirmado el rumor y habiendo disfrutado de unas vistas increíbles, no tuve más que bajar  por el ascensor subir al metro y esperar dos paradas para llegar a mi hotel. Donde pude reponer fuerzas después de un día que había dado para mucho.

Día 9 – Alrededores de Tokyo, primera parte.

Después de 3 días de Tokyo en estado puro, decidí explorar algunas zonas fuera de la ciudad, para descansar del ritmo trepidante de la capital.

Hoy cogería dirección Sur, comenzando por Yokohama. Esta ciudad es una de las más importantes del país, ya que supone uno de los principales puertos de importación y exportación, de hecho esta actividad la ha convertido con el paso de los años ,en la segunda ciudad más habitada de Japón. Desde el punto de vista turístico, Yokohama es interesante pero no imprescindible. Yo únicamente la visité porque se encontraba de camino hacia mi objetivo real, Kamakura.

De Yokohama presté sobretodo especial atención al puerto, pues cuenta con una agradable paseo junto al mar, lo malo es que aquel día había un temporal tremendo por lo que para mí no fue demasiado agradable. Otro punto que mereció mi atención fue la comunidad China de Yokohama y por su puesto su China Town, el mayor de todo Japón y uno de los mayores del mundo. Aquí hay cientos de comercios Chinos y excelentes restaurantes, además, llama la atención que los precios de todo en general son bastante bajos, así que si queréis comprar souvenirs baratos, hacerlo aquí.

Recorriendo China Town, paraguas en mano.

En Yokohama no me quise entretener mucho, pues quería aprovechar el día en Kamakura, así que vistos El Puerto y el Barrio Chino, me subí al tren y puse dirección Sur hasta mi siguiente destino.

Nada más llegar a Kamakura, me dirigí a pie hacia el templo Kotoku-in. Este templo budista, es famoso casi exclusivamente por su Gran Buda, una estatua de Buda fundida en bronce de 13 metros de altura, la segunda estatua de Buda en bronce al aire libre más alta del mundo, después del de Tian Tian en Hong Kong, con 34 metros.

La estatua realmente es impresionante y en ella se pueden ver las inclemencias del tiempo, pues muchos de los templos que la cobijaron durante años fueron destruidos por incendios, tormentas, tsunamis y demás fenómenos naturales. Como curiosidad, deciros que la estatua es hueca y hay unas ventanas para su ventilación, además pagando 20 yenes, el visitante puede entrar en ella. No es que haya nada especial, pues es un lugar oscuro y más bien feo, pero podréis decir que habéis estado dentro de una estatua de Buda, algo que sin duda es poco usual.

Gran Buda de Kotoku-In.

Al salir de este complejo, caminé un poco sin rumbo fijo, porque aunque el tiempo estaba algo revuelto, la ciudad me pareció muy coqueta, según caminaba iba viendo casas pequeñas, construidas con materiales aparentemente endebles, coches miniatura, minúsculos jardines cuidados con mucho mimo y pequeños comercios locales. Cuando te adentras en zonas quizás menos turísticas, realmente consigues apreciar las grandes diferencias entre los países en cuanto al modo de vivir y organizarse y aunque no veas cosas preciosas e impresionantes todo el rato, este tipo de experiencias muchas veces se guardan mejor en el recuerdo que los grandes monumentos o atracciones turisticas.

Callejeando y guiándome a ratos por mi mapa de Google en el móvil, me dirigí hacia lo que parecía ser un pequeño templo o santuario. La entrada me resultó bastante atractiva y decidí entrar a curiosear. Sin saberlo, acababa de entrar en el templo Hase-dera, también conocido como el Templo de los Niños Perdidos. Había leído mucho sobre este lugar y me había parecido super interesante, pero nunca lo llegué a ubicar en Kamakura y no pensé que me lo fuese a encontrar durante mi viaje. Para que os situéis, este templo es famoso en Japón por ser el lugar donde las madres que han perdido a sus hijos en abortos o en circunstancias aún más dramáticas , vienen a colocar en homenaje, unas pequeñas estatuas del Buda Jizo, patrón de los niños difuntos y de los viajeros. Poco a poco al ver el ejército de figuritas idénticas, fui atando cabos y la verdad es que me sobrecogí de un momento a otro, pues eran miles de estatuas y por lo tanto miles de niños difuntos.

Tras asimilar este pequeño drama interno, seguí paseando por este precioso templo, pues a pesar de la tragedia que lo envuelve, es un lugar increíblemente bonito, sus jardines están cuidados y diseñados al mas mínimo detalle y el hecho de ser aquel un día muy lluvioso y frío, hizo que estuviese prácticamente solo, dotándole a la visita de un carácter doblemente perturbador y atractivo a la vez. Pero los jardines y los Jizos no eran todo, después de recorrer un pasillo repleto de las mencionadas figuritas, llegué a un imponente edificio que albergaba una enorme estatua de 11 metros del Buda Kannon con 11 caras tallada al detalle en madera y cromada en oro, toda una joya en un lugar que había encontrado por casualidad.

Jardines de Hase-Dera.

Estando ya a punto de salir del complejo, vi un sendero que parecía subir por una ladera, como no podía ser de otra forma, volví sobre mis pasos y comencé a subir. El paisaje era inmejorable, eso si, paraguas en mano, la vegetación se volvía cada vez más densa y cruzando puentes, observando cascadas y preciosas carpas Coi, llegué hasta una suerte de mirador, donde de un lado veía todo el complejo Hase-dera y del otro la enorme playa de Kamakura y su zona residencial más cercana al mar, fue todo un acierto subir  hasta aquí y por supuesto haber llegado hasta este impresionante complejo religioso casi por accidente. Una vez más la improvisación trajo consigo una genial experiencia que recordaré para siempre.

El desgaste de todos los días anteriores se iba notando en mi cuerpo y el tiempo tampoco ayudaba mucho a buscar nuevas aventuras, así que apliqué el sentido común y tomé rumbo de regreso a Tokyo. Por cierto, no se si sería fruto del cansancio , pero en esa tentativa de regreso, me perdí un par de veces por primera y única vez en Japón, elegí la dirección de tren errónea y acabé dando más vueltas que un carrusel, pero bueno, como decía la escritora brasileña Clarice Lispector, “Perderse también es camino” y llegué a mi destino sano y salvo, justo para la hora de la cena. Tampoco os había contado aun que uno de mis platos japoneses preferidos es el Chicken Catsu Curry, consta de un sencillo plato de arroz y una crujiente pechuga de pollo empanado, todo ello flotando en una densa salsa de curry japonés, bastante picantes. Este manjar se puede comer en muchísimos restaurantes y es un plato relativamente económico, esa noche lo comí en una conocida cadena llamada CoCo Curry House, que no es mi favorita, pero no está nada mal.

Delicioso plato de Catsu Curry acompañado de una fría cerveza Kirin.

Día 10 – Tokyo a pie.

El tiempo en Japón se me acababa y empezaba la tristeza, por doble motivo, evidentemente porque me daba pena despedirme de Japón, pero también porque aun no había amanecido un día lo suficientemente despejado para lanzarme a visitar el Monte Fuji y solamente me quedaban dos, las esperanzas se iban desvaneciendo. Pero lo que estaba claro es que sin duda hoy no era el día, pues continuaba el tiempo del día anterior, llovizna y neblina poco propicias para avistar grandes montañas. Muy a mi pesar, me tocaba de nuevo día urbano en el caos de Tokyo.

Uno de los barrios que me faltaba por ver, era el lujoso barrio de Ginza, sería el equivalente a nuestra milla de oro en Madrid, pero eso sí, a lo grande. Aquí podemos encontrar tiendas de Louis Vuitton de 5 plantas, enormes boutiques de Rolex, Gucci, Versace, Bulgari y prácticamente cualquier gran firma que se nos pueda ocurrir, no es que fuese yo a comprar, ni muchísimo menos, yo con las camisetas de UNIQLO que había comprado en rebajas tenía más que suficiente, pero es un lugar curioso cuanto menos y quería vero con mis propios ojos. Como podéis imaginar, no empeñé toda la mañana en él, pero sí di un largo paseo, para tener una idea completa de todo cuanto había escuchado y leído sobre Ginza.

Fue tan largo mi paseo, que llegué hasta el barrio de Nihombashi, aquí vi un barquito atracado en uno de los canales que desembocan en el río Sumida y pensé que sería una experiencia interesante dar un paseo en él, así que me informé del precio y acabé embarcando.

El crucero, no era idílico, para nada, de hecho me dio una sensación bastante urbana, ya que transcurría sobretodo por los canales del rio Sumida que están tomados por las carreteras que los “sobrevuelan”, para que os hagáis una idea, si lloviese, no nos mojaríamos.

Fue un paseo diferente y original, pero nada especialmente atractivo ni recomendable para quien busque cruceros panorámicos, aquí lo único que se ven son puentes y tuberías de desagüe, pero eso si, todo muy limpio.

Crucero” underground” por Tokyo.

Terminado el crucero, volvimos hasta el puerto de salida y decidí continuar caminando , en este caso hasta el Parque Ueno, pasando de nuevo por el barrio de Akihabara, que ya visité días atrás con Barak. La verdad es que caminar por las calles de Tokyo es muy interesante, ya que los barrios son muy diferentes unos de otros y encuentras pequeños templetes o santuarios, que a los ojos de un occidental siempre llaman la atención.

Después de caminar durante casi 30 minutos, llegué al Ueno, un emblemático parque que cobra mucha vida en las temporadas de primavera y verano, pero que en otoño e invierno parece estar abandonado y la imagen en un día gris , como el día que yo lo visité, es tan decadente como original y atractiva. Una de las zonas que más me impresionó fue el enorme lago, donde los juncos y a vegetación estaba totalmente marchita y se veían barcas en forma de cisne flotando a la deriva sin timonel, una estampa casi post apocalíptica que me resultó super melancólica y gris, pero que no dejaba de tener su encanto.

Aunque yo me llevase este recuerdo poco colorido de Ueno, en los alrededores de este parque, se encuentran algunos de los museos más importantes de la ciudad, entre ellos, el Museo Nacional de Ciencia , el Museo de Arte Occidental, el Museo de Arte Metropolitano o el Museo Nacional de Tokyo, por lo que es un lugar de gran concentración tanto de visitantes japoneses como de extranjeros.

Hoy era un día de darle a las piernas, así que estando en Ueno, pensé, en regresar al hotel a pie, y así lo hice, recorrí casi 4 kilómetros por calles secundarias y zonas residenciales, que igual que me sucedió en Kamakura, me cautivaron. Podías ver la otra cara de la ciudad, la perspectiva desde el punto de vista del residente tokyota, me encandilaba entre manzana y manzana observando sus pequeñas pero impolutas viviendas y la tranquilidad de sus calles. Parecerá una tontería, pero algunos parques de los que vi y muchas de las casas, me transportaron a los dibujos animados de Doraemon, probablemente la primera imagen consciente de Japón que tenga en mis recuerdos. En definitiva, cuanto más veía esos rincones tan acogedores de los barrios nipones, más me apetecía tener la experiencia de vivir algún día en este lugar, aunque fuese por una corta temporada, de hecho es algo que a día de hoy no he descartado.

Tras el interesante camino de vuelta al hotel, subí, me duché y decidí despedirme de mi “barrio”, Shinjuku y recrearme en él por última vez. Estuve recorriendo diferentes callejones, curioseé en todo tipo de tiendas, desde tiendas de artículos de hostelería, hasta tiendas de material de oficina y por supuesto las enormes tiendas de electrónica como BIC Camera, donde uno puede llegar a marearse de la cantidad de información y estímulos que reciben los ojos en forma de carteles en rosa y amarillo fosforescente, anunciando en Kanji las mejores ofertas. Una vez vi saciada mi curiosidad, decidí saciar mi apetito y cené un buen plato de Ramen, después salí a pasear de nuevo y acabé la noche en la zona de Kabukicho, bebiéndome una buena pinta de Asahi bien fresquita. No quería trasnochar pues mañana sería la última oportunidad de ver el Monte Fuji y había que madrugar.

Día 11 – Alrededores de Tokyo segunda parte.

Último día, 6.30 am y sonaba el despertador, antes de nada me dispuse a abrir la persiana para ver como había amanecido el cielo, y las noticias no eran buenas, un manto de niebla intenso que apenas me permitía ver los edificios de enfrente, todo apuntaba a que el Monte Fuji tendría que esperar a otro viaje.

Vistas desde el hotel nada más levantarme… Mal presagio.

De todos modos no quería darme por vencido, me fui a la ducha , salí ,me vestí, desayuné algo rápido que había guardado en el mini-bar y de pronto ,un pequeño destello iluminó la colcha de la cama, no podía creerlo, la niebla se había disipado casi por completo y el sol empezaba a asomarse, era mi momento. Me apresuré, tome mi mochila y salí corriendo para coger el tren con destino Otsuki, donde cambiaría de línea para tomar la linea especial que te lleva al Lago Kawaguchi. Mi objetivo, como ya sabeis, era poder observar sin nubes el famoso e icónico Monte Fuji o Fujisan, un volcán de 3.776 metros de altitud, considerado sagrado desde la antigüedad y que es el pico más alto de Japón, convirtiéndose en uno de los emblemas del país. Uno de los motivos por los que es tan especial es porque es muy difícil poderlo observar en su totalidad, ya que se ve de media entre 30/35 días al año debido a las intensas nieblas que suelen cubrir sus cimas. Desde el centro de Tokyo se suele tardar en torno a 3 horas en llegar hasta la región de los 5 lagos, desde donde aparentemente se tienen las mejores vistas. Por eso no merece la pena hacer el viaje si en Tokyo hay niebla o el tiempo es dudoso. Yo aun no había cantado victoria, pues podía llegar allí y no ver absolutamente nada, pero estaba mucho más cerca de verlo que a las 6.30 cuando me levanté y vi aquella desoladora estampa por la ventana.

Ya en ruta, minutos antes de llegar a Otsuki, desde la ventana del tren, me pareció ver por milésimas de segundo un pico blanco asomando entre dos edificios, tal vez era fruto de mi imaginación cegada por el deseo de verlo, pero me mantuve atento y volvió a aparecer, esta vez perfectamente visible y completamente nevado, era él, el Gran Monte Fuji. Aquel fue uno de los momentos más emocionantes que he vivido en un viaje, mi cara era un poema, y esa sonrisa tonta no se me borró de la cara en toda la mañana. Finalmente después de hacer el cambio de tren en Otsuki, llegué a Kawaguchi,-ko y me dispuse a caminar y rodear todo el lago del mismo nombre.

Nada más llegar a las orillas del lago, allí estaba él, majestuoso e impoluto, sin nubes amenazantes alrededor y prácticamente solo para mí, pues aquel día me pude cruzar con 5 personas como mucho en toda la mañana.

Esta es una de esas visitas que hay que hacer con tranquilidad y debido a la inestabilidad del cielo, no suelo aconsejar llevarlas organizadas con antelación, ya que nadie te garantiza que el tiempo te vaya a acompañar el día que la tienes contratada. Otro de los motivos por el cual no me gustan las visitas en grupo o muy organizadas, es porque hay tiempos que cumplir, y en este paraíso, el que mejor sabe cuanto tiempo necesitas eres tu y de verdad que la visita y la forma en que la disfrutes puede cambiar radicalmente dependiendo si tienes un guía marcandote los tiempos constantemente o si por el contrario has apagado el teléfono y no sabes ni en que hora vives. Sin duda para el Fuji, me quedo con la segunda.

Recorriendo el lago, siempre con el Fuji San de testigo, me paré cientos de veces, retraté al Monte de mil maneras diferentes y con distintos elementos, barcas, pastos secos, hojas de arce rojizas y el propio Lago. Junto al momento que os narré al principio de este post, en las pequeñas playas de la Isla de Ujina en Hiroshima, el que vendría a continuación sin duda sería el momento dorado del viaje. Me senté a escasos 50 centímetros de la orilla del lago, escondido entre la maleza y observé el Monte durante cerca de una hora. Estábamos solos, el Monte el Lago y yo. Os puedo asegurar, que no recuerdo un momento tan relajante como este en ningún otro viaje que haya hecho hasta el día de hoy. Aquel sonido del agua, los altos pastos moviéndose con el viento y el majestuoso Fuji de fondo, se me quedaron grabados con fuego. Estoy convencido de que la forma en que sucedió, casi de forma inesperada ,en un día que parecía poco propicio para ello y justo al final del viaje, fue el motivo por el cual ese momento se volvió tan especial y sin duda cuando emprendí el viaje 11 días atrás, no imaginaba ni de lejos todo lo que viviría en este increíble país.

Monte Fuji.
Gracias Japón!

Me tocaba despedirme de Japón, de sus gentes, sus trenes, sus ciudades y su envidiable cultura, pero sería un hasta pronto.

Cogí de nuevo el tren destino Tokyo, hice la maleta y me fui a dormir para tomar el vuelo de regreso a casa a la mañana siguiente.

Conclusión sobre Japón.

Diga lo que diga sobre Japón, nunca seré imparcial, este país me robo el corazón y ya solo con eso os podría resumir mi conclusión sobre él. Creo que merecéis mucho más así que allá voy.

Pero antes de hablar del destino haré una pequeña puntualización:

Japnó es un país que esta increíblemente de moda en el mundo en general, pero particularmente en España, el número de viajeros de nuestro país que apuestan por Japón, se ha multiplicado enormemente en los últimos años. Eso trae consigo muchas cosas positivas y una gran cosa negativa, y es que de pronto todo el mundo es experto en Japón.

A mi esto de entrada no me gusta, detesto los medios, blogs o cuentas en RRSS que intentan sentar cátedra sobre las cosas, o decir que esto, aquello o lo otro es mejor o peor. Mi consejo es que si queréis conocer información valiosa sobre Japón antes de viajar os leáis guías, veáis documentales y que intentéis buscar siempre una segunda, tercera y hasta cuarta opinión. La gente. por lo general escribe mucho e intenta dar por hecho que su opinión es la mejor o la única válida y eso os puede confundir. Por eso solo os recuerdo que en todo lo que yo escriba, solo vais a leer experiencias y opiniones super personales, desde un punto de vista completamente inexperto y nunca con fines didácticos. Y ahora sí, mi conclusión.

Para mi Japón es un país muy completo, es un país que ofrece casi todo lo que un viajero puede buscar, enumero; Naturaleza, Historia, Cultura, Arte, Seguridad, Excelentes Infraestructuras , Turismo urbano, Gastronomía y Excelentes conexiones aéreas con todo el Mundo. Con esto tenemos los ingredientes para montar un viaje perfecto y como siempre les digo a mis clientes, Japón es un viaje que se vende solo, salvo problemas de fuerza mayor, la cultura e idiosincrasia del país hace que los trabajadores sean extremadamente responsables y profesionales como norma general, es raro que un hotel te traten mal, es raro que se retrase un tren, es increíblemente raro que te puedan robar o atracar, por lo tanto es tan simple como comprar vuelos, hoteles y trenes y simplemente dejarse llevar. Además como destino, aun no conozco a nadie que me haya dicho que Japón no le haya gustado y creo que eso esta muy lejos de suceder, porque como veíamos al principio tenemos todas las papeletas para tener un viaje de sobresaliente.

En cuanto a sociedad, no me canso de hablar sobre la amabilidad, gratitud o la extremada educación que muestran sus ciudadanos, pues es cierto que tenemos muchísimo que aprender de ellos como gran colectivo. Pero también diré que es muy difícil encajar como occidental en la sociedad japonesa, conozco varios casos cercanos de personas que viven allí y me confirman que los japoneses no se caracterizan por ser especialmente inclusivos y también que son una sociedad tremendamente fría en cuanto al trato personal.

Pues a diferencia de nosotros los latinos, en su cultura el abrazo, el beso o el ir de la mano, no está bien visto. Esto nos demuestra que no existe la sociedad perfecta y que al igual que hemos visto en países como China o Estados Unidos, de todos podemos sacar cosas muy positivas y cosas que no lo son tanto. Continuemos viajando, observando, aprendiendo con cada aventura y sobretodo continuemos rompiendo el mapa.

Un comentario sobre “Japón – Noviembre 2015.

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